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jueves 27 de enero de 2011
Muy propio (VI)
En algunos aspectos —quizá por simple sentimentalismo, no lo sabría decir— sí creo que estamos cediendo de más. Si entendemos que la literatura traducida ha de ser, ante todo, literatura, no veo por qué renunciar a la significación potencial de los nombres propios. En muchos de los nombres de la serie de Harry Potter, por ejemplo, se juega con el lenguaje de un modo que no escapa a los lectores ingleses y sí a los españoles que no se manejen lo suficiente en inglés: en Slytherin está la astucia (sly), Ravenclaw es literalmente «garra de cuervo», la profesora de Botánica se llama Sprout («col de Bruselas»), los amigos de Malfoy son Crabbe (crabby, «refunfuñón») y Goyle (gargoyle, «gárgola»). Otros matices quizá quedan más cerca de nuestra lengua romance, como el male foi del propio Draco.
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