sábado 23 de abril de 2011

"De los aparentes desajustes", de Miguel Martínez-Lage

Es sabido que cuanto quede de un gran escritor en un cajón una vez que el gran escritor muere posee un raro valor añadido. Samuel Beckett dejó órdenes bien precisas para que sólo después de su muerte se publicasen dos obras que en vida no quiso ver ni en pintura: su primera obra teatral acabada, Eleutheria, y su primera ¿novela? igualmente acabada, Dream of Fair to Middling Women. La primera nunca llegó a verla, y renegó de ella. Sin embargo, durante un par de años dio la lata a todo lo que se moviese en el sentido de lo posible para publicar —y por tanto ver— la segunda, de la que sólo renegó cuando los sucesivos rechazos de no pocos editores le hicieron precisamente ver que aquello era una especie de bodrio impublicable, plegado en demasía a los modos impuestos por Joyce en Finnegans Wake.